Internacionales - 18.04.2017

Salieri y Mozart: mito, amistad, ópera

La imagen que perdura de Mozart y Salieri es la que inoculó en casi todos nosotros la película de Milos Forman, Amadeus.
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Uno de los poderes invencibles del mito es su enorme resistencia a ser desmontado por la realidad. Ya pueden investigar los musicólogos lo que quieran, que la imagen que perdura de Mozart y Salieri es la que inoculó en casi todos nosotros la película de Milos Forman Amadeus, basada a su vez en la obra teatral homónima de Peter Shaffer y que dibuja al genio de Salzburgo como un pelagatos de risa insufrible pero talento celestial contra el que se rebela el envidioso Salieri.

En lo literario, la leyenda parte de la obra de teatro de Pushkin Mozart y Salieri, de 1830, que hizo fortuna en el posterior Romanticismo y por ese camino llegó a manos de Nikolái Rimski-Kórsakov, que compuso una ópera breve del mismo título.

Pushkin, fundador de la literatura moderna rusa, había titulado su texto con el nombre de La envidia, según la portada del manuscrito original. Su pequeña tragedia se publicó por primera vez en una revista y levantó notable polvareda por la difamación de que era objeto Salieri. Todo se remonta, señala Rita Cosentino, al comentario publicado en un periódico vienés según el cual Salieri silbó durante una representación de Don Giovanni de Mozart y salió de la sala precipitadamente enloquecido por la envidia.

Pushkin imaginó que «el envidioso que era capaz de silbar a tan maravillosa música también era capaz de envenenar a su creador», y puso a volar su fantasía. Los musicólogos han desmentido cada detalle de la espuria leyenda. Salieri no se autoinculpó del asesinato en su lecho de muerte. En el suyo, un Mozart febril afirmaba que había sido envenenado con acqua toffana (una solución de arsénico y cantáridas) que le había administrado el misterioso personaje que le encargó el Réquiem o el propio Salieri, según relataba su hijo Franz Xaver Mozart.

José Luis Téllez detalla en las notas al programa de Mozart y Salieri que el Réquiem se lo había encargado en realidad Franz von Walsegg, un conde melómano que tenía por costumbre pagar por obras que luego presentaba como propias. Que lo hizo en secreto es obvio dada la naturaleza de sus manejos, pero el aura de misterio convenía para desviar la atención de un asunto escabroso en el que andaba enredado Mozart: la muerte de la esposa de un compañero suyo de logia furioso al descubrir un embarazo sospechoso.

El asunto de la envidia, central en el montaje de Cosentino, resulta difícil de evaluar a juicio de Téllez. Es inevitable que Salieri sintiera celos del talento casi sobrenatural de Mozart (de ahí los reproches que lanza a Dios en Amadeus por haber prodigado sus dones en un sujeto indigno de ellos), pero en el terreno económico y profesional era el autor de Tarare quien merecía la envidia de Mozart.

Cuando éste se establece en Viena en 1781, Salieri ya es compositor de corte y director de la ópera italiana. Mozart jamás alcanzará otro reconocimiento oficial que el de Kammermusikus, por el que cobrará 800 florines austriacos que palidecen ante los 3.000 que recibía aquél sólo por el segundo de sus cargos. Es cierto que ambos se enzarzaron en alguna disputa, como cuando Salieri fue elegido en lugar de Mozart como instructor de canto y de piano de la princesa Isabel de Wurtemberg. Decisión totalmente lógica porque se trataba de un profesor reconocido que enseñaría música a Beethoven, Schubert, Liszt y el mismo hijo de Mozart, Franz Xaver, lo que se antoja otra muestra de no enemistad entre ellos.

Sobre la famosa conjura organizada por Salieri y Righini para impedir el estreno de Las bodas de Fígaro, Téllez apunta que ambos compositores tenían óperas contratadas en el mismo coliseo, el Burgtheater, por lo que se entiende su malestar ante el intento de colarse de Mozart.

Otros indicios de buen entendimiento, o al menos de buenos modales e incluso de cierta camaradería, son la composición al alimón de una cantata para Nancy Storace, que sería la primera Susanna de Las bodas..., y el hecho de que Salieri programara dos misas de Mozart en las ceremonias por la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia. O que Mozart pasara en persona a recoger a Salieri para que no hiciera cola en el estreno de La flauta mágica. Pero todos los argumentos son vanos ante el poder del mito.

Fuente: elmundo.com.es
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