Internacionales - 07.06.2016

La diagonal del loco

Muere Viktor Korchnoi, el desertor del ajedrez soviético
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Viktor Korchnoi,
Viktor Korchnoi,
Cuando Fischer desapareció de escena sin defender su título y Karpov fue coronado como campeón del mundo "in absentia", las autoridades soviéticas respiraron con alivio: su nueva estrella, tan brillante como dócil, auguraba dar comienzo a una nueva época de hegemonía en este deporte tan valorado en la URSS. La humillación que había supuesto la derrota ante el americano quedaba subsanada.

Pero la calma duró muy poco en Moscú: sólo un año después, en julio de 1976 y aprovechando su participación en un torneo en Holanda, el segundo mejor jugador soviético del momento, Viktor Korchnoi, se dirigió a una comisaría de policía de Ámsterdam para solicitar asilo político y abandonar la URSS para siempre. Él había sido precisamente el último rival de Karpov en su ascenso a la cumbre.

La deserción de Korchnoi, una de las más sonadas de ese periodo, fue tan solo una de las múltiples vicisitudes de una biografía apasionante, que inspiró el guión de la película ganadora de un Oscar en 1984, La diagonal del loco.

Hijo de un matrimonio roto, Víktor fue separado de su madre, una judía ucraniana muy pobre, para ser criado por su padre y su tío, de familia aristocrática y religión católica. "Mi madre me dijo en docenas de ocasiones que la gran desgracia de su vida había sido verse obligada a abandonarme por no tener con qué alimentarme. En cambio, con mi padre, recuerdo vagamente viejos muebles, libros antiguos, y conversaciones sobre temas diferentes a 'qué podremos comer la próxima semana'".

Esta privilegiada situación cambiaría drásticamente con la llegada de Stalin al poder, ya que uno de los primeros planes quinquenales establecidos por el régimen arrastró a la familia a la ruina. Y eso no sería nada comparado con lo que estaba por llegar cuando, en 1941, el ejército alemán invadió Rusia. Korchnoi se quedó atrapado en Leningrado; tanto su padre como su tío mueren en el frente y Víktor, con sólo 10 años, se ve obligado a enterrar con sus propias manos también a su abuela y a la hermana de ésta. Pero de algún modo se las ingenia para subsistir, robando cartillas de racionamiento entre los cadáveres y derritiendo la nieve que cubría el río Neva para poder obtener agua potable. Si fueron muy pocos los niños que consiguieron sobrevivir al temible sitio de Leningrado, resultan aún menos los que lo lograron estando desamparados y completamente solos.

A la vista de las circunstancias, decir que Korchnoi tuvo una infancia difícil, que su amor por el régimen soviético no era excesivo, o que la durísima lucha por la supervivencia en su niñez desataría en él ciertas conductas que rozaban la paranoia, supone, en el mejor de los casos, quedarse bastante corto.
Simpatía por Fischer

Sin embargo, la deserción de Korchnoi no fue por motivos políticos, como él mismo admitió, sino por cuestiones puramente deportivas. Ya había sido amonestado en varias ocasiones, por visitar un casino durante un torneo en el extranjero, por expresar sus simpatías hacia Bobby Fischer, o por encontronazos con otros jugadores debidos a su mal carácter. Cuando disputó con Karpov la final de Candidatos que decidiría quién sería el retador de Fischer (a la postre, una final anticipada), Korchnoi ya era un jugador bastante veterano y Karpov una joven promesa. Las autoridades se volcaron con la estrella en ascenso, poniendo a su disposición todos los medios posible y los mejores entrenadores; Korchnoi, en cambio, tuvo que vérselas por sí mismo. Eso fue para él la gota que colmó el vaso:

"Yo ya no era joven. Supe que si quería mantener vivas mis ambiciones de ser campeón del mundo, tendría que empezar una nueva vida fuera de la Unión Soviética. Cada vez me costaba más obtener permiso para competir en el extranjero, así que aprovechando una de las pocas oportunidades, durante un viaje a un torneo en Hastings, llevé conmigo parte de mi biblioteca de ajedrez y la dejé allí al cuidado de un amigo. Aproveché para que el Gran Maestro Tony Miles me enseñase a deletrear correctamente la palabra 'asilo político'. En mi siguiente viaje fuera de la URSS, a Amsterdam, llevé otra buena porción de mis libros. No planeaba pedir asilo todavía, pensaba hacerlo en la siguiente oportunidad. Pero las cosas se precipitaron: pensé que si no lo hacía en ese preciso momento, quizá nunca volvería a presentarse otra ocasión".

El revuelo que se formó en la Unión Soviética fue de enormes proporciones. Lamentablemente Viktor no pudo tomar con su familia las mismas precauciones que había dispensado a su preciada biblioteca de ajedrez, y tanto su mujer como su hijo fueron encarcelados. Su nombre desapareció de las crónicas oficiales, se omitía incluso en las revistas y diarios que informaban regularmente de ajedrez, y se convirtió a partir de entonces en "el innombrable".

A pesar de las represalias contra su familia, la recién recuperada libertad espoleó su ambición, lo que se tradujo en un rabioso ascenso ajedrecístico. En Holanda conoció a Petra Leeuwerik, que se convertiría en su secretaria, confidente y, finalmente, compañera sentimental. Petra había sido raptada a los 19 años, durante la guerra, en el sector ruso de Viena, y recluida casi una década en el campo de concentración de Vorkuta. El profundo sentimiento de odio que esta mujer sentía hacia todo lo soviético -el propio Viktor se veía obligado en ocasiones a tratar de infundirle moderación- resultaría un factor determinante cuando poco después Viktor se convirtió en el retador oficial de Karpov por el título mundial.
El 'match' del odio

Cuando Bobby Fischer puso en jaque a todo el ajedrez soviético, se convirtió en una afrenta al orgullo nacional, pero el talento del americano era unánimemente reconocido incluso entre los aficionados rusos. Sin embargo con Korchnoi la historia era muy distinta: a él se le consideró siempre un enemigo, y de la peor clase posible, pues había surgido en su propio seno y se le catalogó como el más despreciable de los traidores.

Así, el encuentro por el título mundial disputado en Baguio (Filipinas) en 1978 entre Karpov y Korchnoi es recordado por cualquier cosa menos por el tranquilo devenir de las piezas sobre el tablero. Más que un duelo entre dos de las mentes más brillantes del planeta, esta final fue casi un espectáculo circense que en ocasiones rozó el surrealismo.

Korchnoi pretendía jugar bajo bandera Suiza, país en el que acababa de instalarse, pero como aún no tenía oficialmente la nacionalidad, la delegación soviética porfió para le adjudicasen una bandera blanca con la palabra "apátrida" impresa en ella. Korchnoi dijo que no se oponía, pero prefería que la bandera dijese "yo me escapé". Los organizadores, desquiciados, zanjaron el asunto descartando la presencia de banderas en la sala de juego.

Fuente: elmundo.es

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